CARTA A UN INDEPENDENTISTA

Querido amigo independentista que no entiendes cómo han florecido las banderas españolas en Cataluña:

He leído con atención y detenimiento tu carta. Me gusta la gente que dialoga y va de frente, y por eso te respondo casi a vuelta de correo. Sólo echo a faltar una cosa en tu mensaje, esencial en el género epistolar: tu nombre y apellidos, para podernos tutear. Disculpa que me presente. Me llamo Juan Giménez y nací en el barrio de Gracia, hijo de padre gallego y de madre vasca.

Fui a un parvulario catalanista de la calle Iradier de Barcelona donde cada Navidad esperaba emocionado al Tió cantando el “Fum, fum, fum”. Me enseñaron a cantar “Blau, blau, blau és el vestit que porto”, “Jo tinc una cabreta que salta, salta salta”, “El Joan Petit quan balla” y viví una infancia muy feliz gracias a la senyoreta Meri.

En el colegio no tuvimos clase catalán hasta sexto de EGB (Franco times). El senyor Palau era un profesor afable que nos enseñaba poesía, lo mismo de Rafael Alberti (“cuando se murió el canario/puse en la jaula un limón/ soy un caso extraordinario de imaginación) como a Joan Maragall (La sardana és la dansa més bella de totes les danses que es fan i desfàn). El señor Pongiluppi nos enseñó a cantar “pst, prou brugit!, és la ronda de nit”, “Muntanyes del Canigó” y otras canciones nuestras. Me encantaba la clase de coral y el señor Pongiluppi, un amante de la música y de Cataluña. No sabría decirte en qué orden.

Durante la transición recuerdo que cuando murió Franco me alegré mucho porque tuvimos fiesta y mis padres, como media España, compraron un televisor para no perderse ninguno de aquellos acontecimientos tan trascendentales. Como niño, nunca me hablaron de política. Recuerdo que mi madre me tuvo que explicar el  significado de  aquellas pintadas que aparecieron en las paredes, en los buzones y en las cabinas telefónicas. “Xarnegos fora“. El racismo de aquella ideología minoritaria que sé que tú no compartes, porque eres charnego, como yo. Tampoco la mayoría de catalanes, aunque vuelven a aparecer, esporádicamente, espumarajos anecdóticos de aquél racismo identitario.

Creo que la catalanofobia de mi padre arranca de aquella época. Agradecí enormemente la frase de Jordi Pujol que zanjó el debate. “Es catalán quien vive y trabaja en Cataluña.” Ahí entendí que había que amar nuestras lenguas, vehículos de cultura. Que el bilingüismo era una riqueza y que la política lingüística y cultural era una compensación histórica tendente a eliminar la diglosia que tenía el castellano frente al catalán debido a la represión franquista. Pensé que era algo transitorio. No ha sido así.

En el Colegio intenté hablar catalán con mis compañeros de clase. Era imposible. Después entendí que la lengua inicial no se modifica, se queda fosilizada y que la relación es más importante que el vehículo a través del que se expresa.

Durante mi adolescencia, tenía amigos independentistas. Uno de ellos me enseñó a amar a Lluis Llach. En 1985 asistimos emocionados a su concierto en el Camp Nou, ante 100.000 espectadores. Abarrotado. Cantó “Maremar” “El cant de l’enyor” con Marina Rossell y María del Mar Bonet. Lloramos con Laura Almerich cuando interrumpió la canción que lleva su nombre, embargada de emoción. En ese concierto asistí por primera vez a una demostración de hispanofobia: 99.999 personas entonaron a coro un “boti, boti, boti, espanyol el que no boti” alzados de sus asientos. La palabra “espanyol” se empleaba como sinónimo de “fill de puta”. Llach sonreía comprensivo. Una persona no botaba, sentado en su asiento a pesar de los ruegos de su amigo independentista de que lo hiciera para disimular. Era yo. He seguido escuchando y disfrutando las canciones de uno de los mejores cantautores de España y uno de los parlamentarios más nefastos de la historia de Cataluña. No me arrebatarán mis símbolos. Canto a pulmón “Abril del 74”, “L’estaca” “País Petit” “Astres”. Son míos. Son nuestros.

Cuando acabé la universidad me fui a estudiar periodismo y volví a trabajar en Ràdio Quatre. No me permitían ponerme delante del micro debido a mi catalán oxidado.. Al cabo de tres meses y noventa “Avui” leídos de cabo a rabo y las primeras grabaciones enlatadas (repeteix, repeteix, unaltra vegada) me permitieron llevar los boletines horarios del fin de semana junto con una compañera. Anna Comas y Feliu Tura fueron unos excelentes compañeros con aquel becario despistado.

Salí de Barcelona y viví en Santiago de Compostela. En Madrid. en Miami. ¡Hablaba catalán con Meri en Nueva York!. Descubrí que la identidad hispano catalana no es la misma que la identidad española. Los catalanes de raíces españolas hemos vivido la emigración de nuestros padres. Nos hemos tenido que adaptar a otras culturas y otros modos de expresar la identidad. No somos como el resto de españoles, cuya cultura se da por supuesta y única. Por eso nos partimos la cara por España en Casa Nostra, y nos partimos la cara por Cataluña cuando  vemos la incomprensión del resto de España. Como a Rocky Balboa, nos dan de hostias por todos los lados y somos minoría allá donde vayamos. Esta es mi identidad. La de un catalán asfixiado y a medio camino entre dos identidades, que le duele España y le duele Cataluña. Una identidad única y singular conformada por estos elementos que tú conoces de sobras.

En el año 2010 fui a Montjuic a ver la final de España contra Holanda. Se me hacía raro poder decir “Viva España” celebrando un acontecimiento deportivo y ver cuánta gente se sentía de la misma manera. Jamás había visto tantas banderas españolas en las calles de mi ciudad. Jamás.

He vivido con gran preocupación el proceso secesionista. He vivido con desagrado la guerra de banderas y la deriva independentista de Cataluña. Su hispanofobia. Sí, hispanofobia. La negación de nuestra identidad. La invisibilidad de esta gran mayoría silenciosa. La prostitución de la palabra pueblo la palabra democracia que nos ignora y nos excluye.

Lo que más me duele es cómo nos invisibilizáis. No es España a quien tenéis que dirigiros. Es a nosotros, vuestros hermanos que tenéis al lado. No somos fascistas, somos ciudadanos catalanes que hemos respetado democráticamente todas las elecciones y queremos empezar a hablar de cómo volvemos a construir juntos Cataluña. Queremos revisar las políticas culturales, educativas y lingüísticas, pero desde aquí. Queremos que se fomente nuestra identidad, porque no es la identidad española, sino catalanoespañola. La de Rocky Balboa. Queremos volver a revivir el espíritu de la Barcelona del 92. Queremos profundizar en el autogobierno, pero sin sofismas. Queremos que no se nos diga que no somos de aquí. Queremos que se respeten nuestros símbolos y nuestra identidad. Recuperar el orgullo de la marca Cataluña, de la marca España y de la marca Barcelona. Queremos volver a respirar tranquilos.

Entiendo, escucho y valido el dolor por la incomprensión que expresas en tu carta. Por favor, ponte en mi lugar y entiende el mío. Sólo así podremos avanzar. No podemos seguir por la vía unilateral sin que existan consensos. El régimen está corrompido. Pero aquí y allí. Hay mucho pesebre y mucha estulticia en ambos lados. Ojalá guardemos las banderas y empecemos a dialogar sin descalificaciones apriorísticas (cuánto feixista, cuanto franquista). . Y luego iremos juntos a explicar lo que haga falta al resto de España. Desde la paz, el diálogo y el respeto a la ley. Junts som més forts.

Te confieso que no me gusta el 11 de septiembre ni El Cant dels Segadors. Preferiría que la fiesta de Cataluña fuera de todos y se celebrase, por ejemplo el 23 de abril y no cada uno por su cuenta, y que mi himno no dijera “bon cop de falç”. A cambio, me gustaría que el himno de España siga sin tener letra y me encantaría cambiar la fiesta del 12 de octubre y celebrar la hispanidad  el 10 de diciembre, fecha en que España perdió su última colonia y empezó la generación del 98. Si te parece una buena idea, la promovemos desde ya. Pero cediendo todos un poquito.

No quiero despedirme sin decirte que espero que tus líderes salgan de prisión. Que se curen heridas. Que se deje de emplear el lenguaje de calibre grueso. Que desaparezca la palabra fascista del discurso y se acabe la guerra de trincheras. Que, gane quien gane, se respete a la gran minoría que quedará fuera de los acuerdos de gobierno. Quiero también felicitarte por el ejemplo de paz y democracia que ha significado el procés. Seguramente tú y yo estamos mucho más cerca que los extremistas que abundan entre tus correligionarios. Y los míos.

Con cariño,

Juan

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