COLONIAS NO PERFUMADAS

Afirma Didier Eribon en su libro Reflexiones sobre la cuestión gay que la injuria  marca el principio de la identidad del homosexual (o de cualquier otro colectivo, como el negro o el judío). La injuria, afirma, es un signo de vulnerabilidad psicológica y social. Agresiones verbales que dejan huella en la conciencia y por tanto, traumatismos violentos que perduran más allá del momento en que se profieren. Se inscriben en la memoria y el el cuerpo. La timidez, el malestar o la vergüenza son manifestaciones corporales de ese traumatismo producido por el insulto vejatorio. Son por tanto violencias de baja intensidad que acaban perfilando las relaciones con los demás y con el mundo, conformando, en último término, los mimbres más profundos de la sensiblidad, la subjetividad, el ser mismo del individuo.

La injuria no trata de comunicarme algo sobre mi mismo, dice Eribon. “El que lanza el ultraje me hace saber que tiene poder sobre mí, que estoy a su merced. Y ese poder es, en principio, el de herirme. El de estampar en mi conciencia esa herida e inscribir la vergüenza en lo más profundo de mi espíritu. Esa conciencia se convierte en un elemento constitutivo de mi personalidad.” En definitiva, lo que Eribon indica es que la injuria es una manifestación de violencia, que puede ser proferida contra un individuo o (aún peor) contra un colectivo y dejar huellas perennes en su conciencia, individual o colectiva.

Entendí perfectamente a Eribon porque he sido sujeto de la injuria. Me han llamado maricón. La vuelvo a sentir ahora cuando escucho la palabra “colono“, mutación inteligente, política y despreciable de la palabra “charnego” para definir, en Cataluña, a cualquiera que tenga orígenes foráneos y no comulgue con ruedas de molino y abjure de una ideología cada vez más xenófoba y hostil a la diferencia, alegre de su rodillo mayoritario, y que responde al “a por ellos” con el “que se vayan“. Con la diferencia de que la segunda se nos aplica sin haber suscrito la primera. Da igual. Ya estás en la diana.

La utilización del término colono tiene una doble vertiente. Por un lado, se representa a todos los votantes de opciones no nacionalistas de identidades compartidas como ignorantes, zafios, muertos de hambre que vinieron a Cataluña huyendo de un estado opresor y ahora muerden la mano que les da de comer (esto es, catalanes no asimilados adecuadamente). Por otro, señala una identidad incompatible con el Volkgeist (espíritu de pueblo) al ser españoles, y no poder compartir la identidad española con la catalana. En consecuencia, no son más que invasores. En ambos casos, hay que eliminarlos, exterminarlos. No tenerlos en cuenta, ridiculizarlos y expulsarlos de la arena política. Un poco como los judíos. Suena duro, pero como he sido minoría, sé de lo que hablo. Escuchen ustedes a las víctimas.

No son todos los catalanes, pero la sociedad calla cómplice y no denuncia estas atrocidades. No son descerebrados sin poder. He escuchado estos insultos de varios divos independentistas, con miles de seguidores en Facebook o Twitter. Líderes de opinión.  Oriol Nolla Martí es columnista de el Punt Avui y su tuit indicando que “¿Dónde han ganado los del 155? Ciudadanos de Barcelona, Tarragona y Aran, llenos de colonos españolistas que no quieren ser catalanes y odian profundamente todo lo catalán. Hay que llamar a las cosas por su nombre. ¿Qué hacen aquí? Se llaman catalanes y no quieren serlo” (226 RT, 273 likes) No es una excepción. No pretendo con este artículo señalar a todos aquellos que emplean la injuria colectiva como modo de señalar al enemigo. Los ejemplos son tan abundantes que me ahorro señalarlos.

 

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Comentario del Mosso Independentista Albert Donaire con más de 11.000 seguidores en Facebook

En el fondo, nos dicen que no somos normales, que no somos de aquí o que no hemos sido adecuadamente “normalizados“. Que somos imperfectos y que no encajamos. No nos retratarán en la televisión nacional (o nos caricaturizarán), se nos excluirá de la normalidad institucional. Los colonos somos los nuevos maricones en una República moderna, feminista cataguay.

Esa bala es antigua, como decía Borges. “En el alba del tiempo fue la piedra que Caín lanzó contra Abel y será muchas cosas que hoy ni siquiera imaginamos y que podrán concluir con los hombres y con su prodigioso y frágil destino”. Hirió a nuestros padres durante la transición. Muchos recordamos los carteles de “Xarnegos fora“. Y renace ahora con furia y odio sin que nadie denuncie su indecencia, su violencia. Sus efectos devastadores en la convivencia. Colono, vete. Charnego, (o “nyego”, como gustan de decir los xenófobos amantes de los neologismos cataguay) fora de la nostra terra. .

El insulto es violencia grave. El silencio ante la violencia es complicidad. Tomen nota todos los que quieren una sociedad mejor. Los que quieren helado de postre cada día.

 

 

 

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