LA LÓGICA DEL LENGUAJE Y EL LENGUAJE DEL PODER

El encuentro de la Alicia con Humpty Dumpty es uno de los episodios más citados del relato de Lewis Carroll A través del Espejo. El autor reflexiona en este pasaje sobre lenguaje y poder. ¿Tienen las palabras una significación unívoca y designan directamente objetos reales o por el contrario pueden desvincularse a voluntad de la realidad para que signifiquen lo que yo quiero? ¿o para que no signifiquen absolutamente nada? ¿Quién marca las normas del juego de la semántica y los significados? ¿Podemos desgajar éstos de sus significantes? He aquí la cita:

800px-humpty_dumpty_tenniel.jpg

Cuando yo uso una palabra –insistió Humpty Dumpty con un tono de voz más bien desdeñoso– quiere decir lo que yo quiero que diga…, ni más ni menos.
–La cuestión –insistió Alicia– es si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.
–La cuestión –zanjó Humpty Dumpty– es saber quién es el que manda…, eso es todo.

 

Pero, ¿quién manda en el lenguaje? En el texto, lógicamente, es el autor quien impone las normas de juego. El autor es Dios y proponente de los enunciados lógicos, que tendrán sentido dentro de su propio universo. En el caso de Humpty Dumpty, Carroll le permite partir de la premisa de partida de poder definir la palabra “gloria” y opta por definirla como “algo que te deja bien aplastado“. En los juegos lógicos, cualquier premisa vale: puedo, por ejemplo, decidir que las palabras signifiquen su antónimo, en una inversión de la realidad. Un juego irónico. Así, diré que estoy triste cuando esté satisfecho, o que no tengo hambre cuando mi estómago ruge. La lógica impone unas normas y crea un universo nuevo de significantes.

También los niños juegan a menudo con el lenguaje y  su poder mágico. “Soy un elefante” y crean en su mundo imaginario un elefante que cobra forma en su universo personal. “No me ves” afirman. Y uno les ve y no les ve al mismo tiempo, dependiendo de la perspectiva que asuma dentro de ese pequeño universo en formación. Podemos darles el poder, y no verles. O ignorar su juego y sus reglas, y verlos mientras ellos permanecen, no obstante, invisibles a nuestros ojos en el mundo creado por ellos. La cuestión es saber quién está al mando. Eso es todo.

La propiedad privada no existe, sino en virtud de ley” leí, escandalizado, al inicio de mis estudios de derecho, tomando al autor alemán que lo dijo por un anarquista violento. La propiedad privada, ¿No es algo evidente, incluso sagrado en nuestras sociedades? Pues no: en estado de naturaleza, lo que existe es el poder, y el individuo se “a-podera” de las cosas. Esta apropiación de la naturaleza, la tenencia inmediata es la posesión. El hombre posee las cosas que tiene a su alrededor y las hace suyas. Pero la propiedad es algo mucho más complejo. La define la sociedad. La estructura en sus leyes. Prescribe cómo se transfiere esa propiedad de padres a hijos, limitándola. Exime determinados bienes de la posibilidad de que sean apropiados. Permite la expropiación legal. Todo esto es el derecho. Es el derecho quien me legitima en mi propiedad. Transforma mi apropiación en legítima a través de sanciones legales. Si la propiedad privada sólo existe en función de la ley, el legislador es Humpty Dumpty. La cuestión es saber quién es el que manda. Eso es todo. Claro que partiremos de la premisa de que el que manda nos representa, y el que manda comparte con nosotros un juego de normas lógicas comunes, consensuadas y aceptadas por el cuerpo social. He aquí un ejemplo paradigmático de lenguaje y poder.

También ordenar y clasificar es poder, como indica la frase: “Quien no está conmigo, está contra mí“. En este caso, la clasificación es sencilla: Yo y los míos contra el resto. Clasificar es, en última instancia, jugar a la teoría de conjuntos englobando la realidad a mi antojo, de un modo más o menos lógico. Es paradigmática en este sentido la clasificación efectuada por Borges de los animales en las siguientes categorías:  “a) pertenecientes al emperador, b) embalsamados, c) amaestrados, d) lechones, e) sirenas, f) fabulosos, g) perros sueltos, h) incluidos en esta clasificación, i) que se agitan como locos, j) innumerables, k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, l) etcétera, m) que acaban de romper el jarrón, n) que de lejos parecen moscas”.  Es una clasificación interesante para ejemplificar la arbitrariedad y el poder que ostenta el clasificador.

Existe un pacto entre los politicos y la sociedad, por la que los primeros deben ceñirse a la realidad sin entrar en juegos lógicos ni clasificaciones borgianas. De este modo el contrato social es un referente vinculante para todos. El programa politico de gobierno, un mapa del camino a seguir. Los medios de comunicación, los verificadores del discurso y en última instancia, los ciudadanos los jueces que, a través del voto, pueden calibrar y valorar el ajuste entre expectativas y realidad. Dentro de este contrato social, los políticos no pueden jugar a Humpty Dumpty de modo aleatorio. Lo contrario supone una peligrosa y consciente manipulación. Deben respetar el código semántico.

En la realidad catalana post procés, esos pactos se han quebrado y la realidad ha saltado por los aires. Se están alterando los significados de las palabras en beneficio propio. No hablamos de universos lógicos o de mundos infantiles, sino de la capacidad de transformar de modo intencionado y consciente la realidad a través de su manipulación. De la generación de nuevas estructuras semánticas de modo consciente que puedan ser diseminadas e incluso impuestas a grandes espectros de la sociedad.

En la guerra de relatos que ha tenido lugar en Cataluña en los últimos tiempos, hemos asistido a constantes reformulaciones de la palabra democracia, pueblo, elecciones, urnas, presos políticos, represión. Aún nos queda por definir rebelión, sedición, consenso. Diálogo. Paz. Hemos clasificado a la sociedad en unionistas y soberanistas. En pro y anti 155. En fascistas y equidistantes. En lechones, sirenas, fabulosos y perros sueltos…

Sigo pensando que una declaración unilateral de independencia sólo puede juzgarse desde su resultado final. Si un territorio declara la independencia y vence, será un nuevo estado y se conmenorará su independencia como el gran día fundacional. Si fracasa, deberá responder por sedición o rebelión, salvo que haya sido impecablemente pacífica. Nuestros Humpty Dumpty se afanan por definir estas realidades. Sólo definiendo con claridad y rectitud de intención los campos semánticos podremos llegar a un consenso dialogado. De otro modo será una descarnada lucha por el poder. Muchos jugaremos a ser un elefante. A ser invisibles. A ser dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s