REALPOLITIK

 

Semana intensa para la política catalana. Amanecimos con los mensajes de Puigdemont al indiscreto, certificando lo que nadie puede decir en público pero sí en privado. Pero rollo Apocalipsis, o revelación divina. A saber: que al de Waterloo le quedan cuatro días de poder real, de realpolitik, y que va a ser relegado al Olimpo de lo simbólico. Envuelto para regalo, preparado para su beatificación.

No me parece mal la idea de encontrarle un hueco simbólico en una capillita para que sus allegados le recen o vayan en peregrinación cuando les convenga; que le llamen digno y valiente. Le lancen flores o le prendan billetes con alfileres en los bajos de sus vestiduras para costear su odisea. Le pidan favores y ofrezcan exvotos. Eso es lo simbólico.

Pero mientras tanto la política tiene que ir volviendo a la realidad, y ésta es peor que el amanecer de un resacón de tequila. La política de la épica y de la historia tiene que dar paso a otra, humilde y ordinaria, y cuesta encontrar el guión transitivo que nos conduzca del lirismo histórico al hiperrealismo feísta. Explicando lo que nos queda por delante tras los restos del naufragio. Que nos prepare para comprender la magnitud de la tragedia.

Efectos colaterales de la mentira sostenida durante tanto tiempo. Y de ahí la importancia de los mensajes del conducátor al torpe, servidos en bandeja de plata al enemigo mediático. “El plan de Moncloa triunfa“. Lo dice el líder, nadie puede tacharlo de traidor. Los mensajes abren la Caja de Pandora para que los actores políticos inicien una nueva andadura, más anclada en el realismo.

Es momento de coser costuras y de disimular costurones. Se acaba la épica de la dignidad y empieza la verdad de la política. La democracia de las urnas se tiene que dejar de metáforas y arrimarse al arte de lo posible, no de lo bello o de lo utópico, y arremangarse. Empezar a decirle cosas feas a los votantes, después de haberles dorado la píldora con urnas y gestos vacíos.

Que nadie se haga ilusiones. El independentismo no ha desaparecido, y tiene el poder. Tiene razones y agravios y muchos resabios que le han funcionado maravillosamente. Pero tiene que arrinconar la mística y dejar al Conducátor relegado a la capillita torera.

Y que lo pinte Pilarín Bayés.

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