Medio pobre o pobre entero

Por Elena Miguel

“Churro, mediamanga, mangotero, adivina lo que tengo en el puchero de mi abuelo”. Eso gritábamos cuando, de pequeños, jugábamos a cavall fort, ya habían saltado todos los jugadores y tocaba adivinar dónde ponía la mano el otro equipo- “churro” si era en la mano, “manga” para la muñeca, “mediamanga” en el caso de tocarse el codo, o “mangotero” si era en el hombro.

Desde hace unas semanas, he jugado a una variante perversa de este pasatiempo con los inefables funcionarios del SOC (Servei Públic d’Ocupació de Catalunya). Cada día que los visitaba me preguntaba qué se escondería para mí en el puchero. Y ya avanzo que, inexorablemente, en todas las jugadas, me ha tocado un churro como una catedral. Pero facilitaré previamente un poco de contexto a este cuento costumbrista y perturbado.

Mi pareja y yo, visionarios como somos, tuvimos mellizos en el 2008. Justo el año en el que la economía española se despeñó como una bicicleta sin frenos cuesta abajo por una pendiente de 45 grados. Y en ese velocípedo llevamos 10 años subidos, capitaneados por una inercia que nos tiene como a los personajes del maravilloso cortometraje que Javier Fresser dirigió en 1995- ‘El Secdleto de la Tlompeta’- en “una búsqueda constante del punto de equilibrio entre la idea de la alegría de vivir en contraposición con la idea de la muerte cercana”.

Nos comprometimos a que uno de los dos siempre estaría dedicando casi el 100% de su tiempo al cuidado y acompañamiento de los hijos (así de hermoso y feliz les luce el pelo). Best decision ever. El viaje ha sido, es y será amor y aprendizaje puros. Pero en un escenario de crisis, renunciar al trabajo o perderlo e ir adaptándose a trabajos cada vez más y más precarios, ha significado dividir por tres nuestro poder adquisitivo para sostener una familia que hacía tiempo que había duplicado o triplicado sus gastos. Esta jugada financiera maestra es lo que lleva a personas de todo el territorio español a ser casi pobres (incluso en una unidad familiar donde trabajan todos los adultos). Es decir: eres medio pobre, no pobre entero.

Nos hemos adaptado. Hemos trabajado donde hemos podido y como hemos podido. Hemos buscado y rebuscado recursos y soluciones creativas para animar la economía familiar. Nos hemos apretado el cinturón más allá del último agujero y nuestras cinturas tienen, efectivamente, contorno de avispa. Hemos aprendido a base de palos que las dificultades espolean y que están hechas para ser superadas y no para dejarse vencer por el desánimo. Y hemos llegado a la conclusión que lo mejor que podíamos hacer era construirnos nuestro propio trabajo. Mi pareja ha conseguido poner en marcha su propia empresa- incluso simultaneando dos trabajos durante un tiempo- y cobrar un sueldo decente. Y yo, que no creía que hubiera ni un sólo gen emprendedor en mi cadena de ADN, estoy volcándome en lo que ha sido mi pasión desde pequeña: escribir. Y conseguir que me paguen por ello.

Así estaba. Cobrando el subsidio de ayuda familiar de 426€ mientras llegaba a ese punto de break even en el que estaba a un pasito de hacerme autónoma porque, despacito y con buena letra, iba construyendo una cartera de clientes y obteniendo unos ingresos que empezaban a tener una bendita periodicidad. Tocaba renovar la ayuda, aunque ya imaginaba que, al haber cobrado y declarado los trabajos que había conseguido algún mes, no me la concederían por pasarnos de la barrera que establecen los requisitos que ameritan la concesión de la prestación, esto es: no se deben superar los 531€ brutos al mes por miembro de la unidad familiar.

Ciertamente, el Ministerio de Empleo y Seguridad Social, después de las diligentes comprobaciones del SOC, me dirigió una carta en la que se me denegaba la ayuda puesto que nos habíamos montado en el dólar y dos adultos a cargo de dos menores escolarizados, una hipoteca y dos cobayas vivíamos desaforadamente con algo más de 2,200€ brutos al mes. Me sorprendieron dos cosas. Una: cómo se argumentaba la denegación de la ayuda. Al superar las rentas que ingresa la unidad familiar el máximo permitido- y cito textualmente- “ha dejado Ud. de cumplir el requisito de tener cargas familiares”. Habían hecho desaparecer a mis hijos por arte de birlibirloque. ¡Qué fuerte! Dos: suspendían el subsidio desde el 1 de julio de 2017, fecha en la que constataron que habíamos pasado a gozar de un estatus de maharajá al percibir cada persona que vive en casa algo más del 75% del salario mínimo interprofesional. Como la renovación la solicité cuando tocaba hacerlo- en noviembre- me vino a la mente la idea que había estado viviendo 5 meses “en pecado mortal”. La idea tornó en un cosquilleo desagradable detrás de la nuca que se convirtió enseguida en una patada en la boca del estómago. Algo en el intrincado redactado del texto (trufado de referencias a Reales Decretos que eran decretos reales) levantó en mí una sospecha inquietante. La incipiente paranoia desató el pánico. No sé por qué el poder de la visualización convocó una pregunta en mi mente: ¿tendrían el cuajo de revocar la ayuda con carácter retroactivo? Es decir: ¿tendrían el valor de imponerme una multa o reclamarme las cantidades percibidas?

Me abalancé sobre el ordenador y tirando de San Google empecé una desquiciada búsqueda de casos similares en foros, en páginas de expertos, en las mismísimas fuentes primigenias del Ministerio. Como las prisas no son buenas consejeras, decidí echar mano del estado zen que te da vivir 10 años en números rojos y solicité una nueva cita previa en el SEPE.

Y aquí recupero el hilo del relato. Mi siguiente peregrinaje a las acogedoras oficinas donde operan los amables trabajadores de la oficina del SOC de mi barrio hizo carne mi peor pesadilla. Con sus soñolientos y anodinos ojitos, un funcionario me explicó que, sí, que, efectivamente, en breve recibiría una segunda carta con la cantidad que debía restituir donde se me indicaría diligentemente la cuantía del cobro indebido de prestaciones por desempleo, modalidades de pago y demás reproches, agravios y amonestaciones. Que me fuera a casa a disfrutar de la dulce espera. 1.721,08€. Esa fue mi sentencia días más tarde. Son las normas. Las acepto. Ya he pagado. No hay nada que me moleste más en esta vida que deber dinero a alguien.

Da igual que haya repasado vorazmente la letra pequeña de los impresos de las solicitudes de la ayuda familiar y que haya comprobado que sí, que se menciona que debes comunicar y declarar los ingresos extra de la unidad familiar- como pensaba que había hecho declarándolos- pero que no se da a entender nada más allá de la no renovación del subsidio en caso de producirse. Es irrelevante que piense que lo justo sería que, si has conseguido algún tipo de trabajo con el consecuente lucro durante un período de tiempo, el efecto secundario fuera solamente la revocación de la ayuda en la siguiente renovación (y, en todo caso, una felicitación efusiva por parte del empleado del SOC por haberte buscado la vida). No importa que se me concedieran plazos para poder recurrir por la vía civil y judicial porque sé que tengo las de perder- más dinero si cabe- desde el momento en el que yo no controlo el peso de la ley. Es superfluo que piense que, si te conceden una ayuda de seis meses en junio, en noviembre ese dinero se ha esfumado y no porque te hayas ido a las Seychelles en barca, sino porque 4 personas en una situación medio precaria tienen la fea costumbre de comer todos los días. ¡Qué ingenuo pensar en pleno siglo XXI que podrían comprobar telemáticamente mes a mes qué ingresas y ajustar la ayuda- y suspenderla si es necesario- si un mes “te pasas”!

En definitiva, y concluyo: me queda el consuelo de saber un poquito más sobre cómo funciona el sistema. El saber no ocupa lugar y quien no se consuela es porque no quiere. Sirvan estas líneas como un aviso a navegantes. Si estáis desempleados y sois lo suficientemente honestos como para declarar con su IRPF y todo algunos “trabajillos” o colaboraciones que podáis ir consiguiendo (vosotros o cualquier miembro de vuestra unidad familiar y cualquier mes), correr como alma que lleva el diablo a la oficina del SOC más cercana para presentar la factura emitida, aunque sea por un importe muy pequeño, y solicitar que paralicen inmediatamente la prestación de la ayuda hasta nuevo aviso.

Que me perdonen todas aquellas personas que están en situaciones mucho más precarias que la mía y que no tienen la suerte de tener una red familiar y de amigos que arriman el “mangotero” echando una “churro” de vez en cuando, pero, en este país, visto lo visto, es mucho peor ser medio pobre que pobre entero. Eso es lo que descubrí en el fondo del puchero del abuelo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s