LA PRINCESA CARABÚ

Apareció de repente en las costas de Gloucestershire. Asustada y desorientada entre aquellos extranjeros que no comprendían su idioma. Desprendía gran dignidad y se hacía entender por gestos. Su vestimenta oriental, el gran turbante, el aro en la nariz, desentonaban en aquella localidad costera inglesa de Almondsbury, cerca de Bristol, en 1817.

Finalmente un marinero portugués pudo traducir su historia. Era la princesa Carabú, de la lejana isla de Javasú. Su padre había sido asesinado en una lucha entre los caníbales bugús  y los mandines malayos. Ella pudo huir. Apresada posteriormente por piratas, había conseguido escabullirse milagrosamente y tras numerosos avatares llegar a la costa de Bristol. Una auténtica Robinson Crusoe, haciendo el viaje inverso cien años después de la publicación de la famosísima novela de Defoe.

Miss Worall decidió alojarla en su casa, donde era frecuentemente visitada por todas las personalidades de la comarca. Había intimado con ella desde el primer momento y la princesa se sentía a gusto con su anfitriona, quien la atendía con gran miramiento dispensándole todas las atenciones que su  rango requería.

Ayunaba semanalmente y era amante de las abluciones. Rechazaba con insistencia la comida animal y cualquier bebida, salvo agua.  Sin embargo, al presentársele una paloma viva le arrancó la cabeza con sus propias manos, enterró la cabeza del pájaro en el jardín y luego cocinó el ave y la comió. Su insistencia en bañarse desnuda en el mar, de conformidad con sus costumbres ancestrales, su extraña lengua gutural, absolutamente incomprensible y sus ritos de oración chocaban fuertemente en aquella Inglaterra rural.

Las autoridades locales decidieron llevar el asunto a Londres y consultar con el Foreign Office para estudiar el modo de devolverla a su tierra natal. A estas alturas, su historia había llegado a los periódicos y su imagen también. “Yo a esa la conozco” Dijo una tal Mrs. Nealle. “Ésta es la Mary, la muy tunanta“. Confrontada con la verdad, Carabú prorrumpió en sollozos y confesó su argucia ante sus valedores. Era “la Mary“. Mary Baker, para ser exactos, según admitió en perfecto inglés rural, la muy tunanta. La historia es verídica, salvo los entrecomillados de Mrs. Nealle, que no deben alejarse en exceso de sus palabras textuales.

La Mary debió sentirse a gusto con los oropeles y dignidades que le dispensaba Mrs. Worall. Los títulos, ya se sabe, dan mucho rango. Como el máster de la Presidenta de la Comunidad de Madrid. Cristina Cifuentes. Ringorrango innecesario para adornar su estulticia con plumas vacías de pavo real muerto. Yo soy máster del universo, señores, y me baño desnuda en el mar. Con un par de fuentes. Yo soy Presidenta de la Comunidad y no me bajo del carro ni a pedradas.  ¡TÚ ERES LA MARY, TUNANTA!, que diría Mrs. Nealle.

Aunque parezca paradójico, existen también princesas republicanas, nuevas Carabús, como la falsa doctora Pilar Rahola, que estudió su doctorado con José Mir Rocafort, más conocido como profesor Fassman y Uri Geller. Les ahorro explicarles la vida de este tunante que hipnotizaba pajarillos, o del dobla cucharillas, pero pueden buscarla ustedes mismos. Doctorados expedidos por la prestigiosísima universidad de Javasú. La pícara doctora Carabú.

También tenemos Carabús reinantes en exilio, como Carles Puigdemont, Krls para los amigos, que ayuna voluntariamente y rechaza la comida animal mientras proclama que es licenciado, cuando es un simple bachiller. Licenciado por la prestigiosísima Tanned Balls University. La Universidad de mis cojones morenos, tras haber trabajado en la subvencionada Agencia Catalana de Notícies (regalo del poder). Otro que se baña desnudo en noches de luna llena. Tú eres la Mary, reina, la Mary de Gloucester, de toda la vida.

Maroto, Joana Ortega, Luis Roldán… La lista de Carabúes es interminable en esta España de pícaros descarados, de ignorantes envidiosos, de duros de cuatro pesetas recubiertos de oro del que cagó el moro y de plata de la que cagó la gata.

Todos ellos engolan la voz. Aclaran la garganta. Despliegan la colita de pavo real. Exhiben músculo. Hablan con el prestigio de sus títulos, de sus másteres, de sus Em Bi Eis. Y luego los verdaderos licenciados, los curritos, los intelectuales se mueren de hambre.

País de pandereta.

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