LA LENGUA SUPREMA

La inquietante Plataforma per la Llengua renueva, con más brío si cabe, su iniciativa “El catalán, lengua común“, que pretende extender el uso del catalán como elemento vertebrador de la sociedad catalana. Se han puesto a ello con denuedo empleando figuras reconocidamente foráneas o castellanohablantes de Cataluña, para reforzar el mensaje de que, da igual de donde vengas, tienes que ponerte las pilas con el catalán.

En las imágenes de la campaña colaboran personalidades como los argentinos sor Lucía Caram, Gerardo Pisarello, Albano Dante Fachín; extranjeros como Benedetta Tagliabue o castellanoparlantes como Gabriel Rufián. Curioso cuando menos que se denomine “lengua común” a la lengua propia, cuando ambas acepciones han sido siempre complementarias, siendo el catalán la lengua propia y el castellano la común. Es una muestra más de las manipulaciones semánticas nacionalistas radicales que intentaré desmontar en este artículo.

Llamo inquietante a esta Asociación porque nunca se ha preocupado de establecer un estatuto de derechos lingüísticos de todos los catalanes, obviando cuando no despreciando los derechos de los hablantes de otras lenguas en Cataluña, especialmente el castellano, cuando el 55% de los catalanes tienen al castellano como lengua materna.

A pesar de trabajar exclusivamente en el ámbito de los derechos lingüísticos, su única preocupación es “Cómo conseguir vivir al 100% en catalán“, aunque para ello se lleven por delante los derechos fundamentales del resto de hablantes. Sorprende que siendo una organización que trabaja para un fin tan loable, como la defensa de los derechos lingüisticos, no haya buceado nunca en un tema tan apasionante como la frontera entre los derechos propios y los derechos de los demás hablantes catalanes.

También llama la atención que desde el año 2012 hasta hoy haya recibido nada menos que cuatro millones de euros para sus actividades, que sólo benefician a una parte de la población y se utilizan para finalidades tan poco democráticas como pueden ser la denuncia de comercios que no rotulan en catalán. Poco importa que muchos comercios, sobre todo a partir de la exacerbación del proceso nacionalista, ofrezcan sus cartas en inglés y catalán, prescindiendo del castellano. Eso cae fuera de su ámbito de trabajo. El ejemplo paradigmático ha sido el desarrollo de una aplicación para móviles donde el usuario puede introducir puntuaciones sobre los comercios que visita para que el resto de usuarios encuentren pistas. Una especie de Trip Advisor centrado en los territorios donde se habla el catalán. Pero no se juzga la calidad del servicio, o de los productos. Se juzga si el usuario puede ser atendido en catalán. Y lo que esconde es un sistema coactivo de denuncias de comercios para que éstos incorporen el catalán obligatoriamente en sus relaciones con sus clientes.

Todas estas iniciativas son aparentemente inocuas, pero llevamos demasiados años en Cataluña con imposiciones y agendas ocultas, con juegos de manos y conejitos que salen de chisteras para andarnos con el lirio en la mano. Como ya he explicado en un artículo anterior, la campaña de eliminación del castellano como lengua de prestigio en Cataluña se ha iniciado hace mucho tiempo, porque el proyecto nacional independentista se aglutina en torno a la lengua. Por eso las políticas lingüísticas han sido tan extremas y poco respetuosas con el castellano y nunca han buscado la coexistencia de las lenguas en pie de igualdad. Siempre han pretendido instaurar una lengua suprema. Ciertamente la vitalidad del idioma castellano garantiza su pervivencia, pero apartado de la esfera pública, reducido al ámbito familiar o coloquial, eliminado de todo tipo de subvenciones culturales y sometido hasta hace bien poco, en que el Tribunal Constitucional salió en su defensa, a multas coactivas para garantizar el derecho del usuario catalán a ser atendido en su lengua. Nunca al revés.

El progresivo e interminable avance de las políticas lingüísticas a favor de la lengua (como si las lenguas tuvieran derechos y no los hablantes) se ha aprovechado de varios factores: la persistente ocupación nacionalista de las instituciones políticas y culturales; el complejo de los españoles por los atropellos que sufrieron las lenguas españolas durante el franquismo en beneficio del castellano y en detrimento de catalán, gallego y vasco; el amor por la cultura catalana por parte de todos los catalanes (con independencia de su lengua materna) y el prestigio del catalán insuflado por el poder político en una insaciable lucha por la pervivencia del idioma al que se representa siempre como acosado y con respiración asistida, a punto de llegar al encefalograma plano. Situación por tanto de excepcionalidad que se ha prolongado desde el año 1975 hasta hoy y que no tiene visos de finalizar.

MUTACIONES SEMÁNTICAS

dufLa primera batalla ganada por los nacionalistas, y que todos estuvimos de acuerdo en conceder fue la de evitar llamarle español al castellano. Argumentaban que todas las lenguas que se hablan en España son españolas, y que por tanto el empleo de la palabra español era monopolístico. Imperialista y poco respetuoso con el resto de nacionalidades. El complejo de un estado autoritario y fascista que había gobernado cuarenta años y la aceptación de una realidad plurinacional en España llevó a la mayoría de españoles a transigir con dicha denominación. Nimiedad sin importancia, pero que conviene resaltar porque dicha concesión no es ni mucho menos esencial o necesaria. Y si el estado hubiera adoptado la postura inflexible e intransigente que se le achaca desde los sectores independentistas, nunca se habría cedido en semejante dislate. El castellano puede ser denominado español al ser la lengua española por antonomasia, sin que ello represente desdoro alguno para el resto de lenguas del estado, que también son españolas, al igual que el castellano es una lengua catalana, pero el catalán lo es por antonomasia. La Academia española de la lengua apoya el uso de la palabra castellano para el idioma desde 1925, pero el primer dicccinario del idioma español, el de Covarrubias de 1611 se titulaba “Tesoro de la lengua castellana o española“. En consecuencia, tal y como advierte Manuel Seco, pueden emplearse ambos, y en España preferimos castellano como deferencia hacia el resto de lenguas españolas.

Luego vinieron los topónimos. Se decía que Gerona tenía que ser Girona y que Lérida Lleida, tanto si se hablaba en catalán como en castellano. Sin advertir la incongruencia de que en catalán a España se le llama Espanya; a Zaragoza, Saragossa o al País Vasco, Pais Basc. ¿Por qué esta diferencia de trato entre lenguas? De nuevo en aras a la convivencia. De nuevo ceder para no ser imperialistas. Aún hoy en día la mayoría de los catalanes no advierten la incoherencia de esta política lingüística que, mediante el deslizamiento semántico, va introduciendo en el lenguaje pequeñas ruedecitas de molino con las que todos los hablantes vamos tragando. El académico de la lengua española Manuel Seco Serrano recuerda en su diccionario de dudas en relación con esta disputa que “Parece lógico que, si una ciudad, comarca o país con nombre propio en su lengua autonómica, tiene en otra lengua (la común de todos los españoles) históricamente acuñado otro nombre, los hablantes de esta útlima cuando en ella se expresen, no tengan por qué renunciar a ese nombre tradicional”. Sentido común que se ha perdido en la Cataluña nacionalista.

Esta desviación toponímica se ha extendido también, al callejero. Decimos “carrer Aragó, carrer Urgell”, no “calle Aragón” o “calle Urgel”. Y al uso de las instituciones: “Generalitat de Catalunya”, no “Generalidad de Cataluña”; “Parlament” o “Govern”, en lugar de Parlamento o Gobierno. Sin pensar. ¿Ha sido este movimiento casual?. Sea todo por no pasar por bárbaros franquistas.

También metamorfosearon los nombres propios, el cambio de los apellidos y la posibilidad de catalanizarlos. Durante el franquismo cuando se iba a inscribir a un recién nacido en el Registro Civil, a Jordi se el funcionario lo inscribía como Jorge. Pues nada, vamos a hacer el camino inverso y vamos a fomentar el apellidismo identitario. Se catalanizan apellidos, se invierten si el primero es castellano, para dar relumbrón al de la tierra y Marta Ferrusola critica que alguien de fuera pueda ser Presidente de la Generalidad (en alusión a José Montilla) “no tenga un nombre catalán”. Ya me he extendido sobre este tema en otro artículo por si alguien quiere profundizar en el tema.

LENGUA PROPIA Y LENGUA COMÚN

Y llegados a este punto, asistimos a las metamorfosis más asombrosas y manipuladoras de las que hemos vivido en los tiempos recientes: la mutación descarada de los términos lengua propia y lengua común para que signifiquen algo radicalmente nuevo, distinto y excluyente. .

Según recoge Wikipedia, “desde el punto de vista de las ideologías lingüísticas y de la glotopolítica, se entiende por lengua común aquella lengua que desempeña o pretende desempeñar un papel cohesionador y vertebrador de una sociedad plurilingüe, que por esta razón posee un estatus político y jurídico superior al del resto de las lenguas con las que convive, y que representa o pretende representar una identidad común a las identidades grupales subordinadas”

Y aquí lo que nos interesa es resaltar la superioridad de una lengua sobre otra, por su carácter vertebrador. Parece lógico que dicho carácter vertebrador o cohesionador lo dé la lengua que es común a todos. Y que además es más potente culturalmente y garantiza la pervivencia de elementos cohesionadores mientras se protege y fomenta la propia.

Este papel le corresponde al castellano. Porque es común a todos los españoles. Porque vertebra la sociedad y porque es el lenguaje hablado mayoritariamente por la población de Cataluña, (55% frente a 34%) Pero ahora se pretende que lo desempeñe el catalán, impuesto a la mayoría de la población mediante políticas lingüísticas agresivas, que ya no escoden la voluntad de cohesionar una identidad nacional excluyente de la española, con lo que dicha mutación de lengua propia a lengua común pasará pronto a convertirse en la agenda separatista en lengua suprema. Y después en lengua única, por ser la lengua nacional.

Un trayecto similar ha sufrido el concepto de lengua propia. Entendido inicialmente como aquella lengua hablada en un territorio que coexistía con la lengua común, ha pasado a significar, en el universo semántico nacionalista, lengua única de un territorio, aunque para ello tengan que llevarse por delante los derechos de los hablantes. Los más radicales defensores de esta postura (entre los que se encuentra la Plataforma por la lengua) defienden, sin decirlo, un estado monolingüe. Sin muchos argumentos, ya que la defensa de la lengua en Cataluña no se ha hecho desde los estudios académicos, sino a golpe de manifiestos, esto es, pronunciamientos ideológicos carentes de la necesaria argumentación.

Y es por ello que cuando indicas que el castellano se habla sin imposición en Cataluña desde el siglo XV, no hay debate posible. La lengua propia, para estos ideólogos, es la lengua única, suprema y nacional. Y la lengua común, la que menos sentido común tenga.

Peligrosísima politización e imposición de una agenda política en contra de la mayoría de la población. Desvertebrar España frente a cohesionarla. Imponer una lengua minoritaria a una mayoría. Podemos estar de acuerdo o discrepar, pero hay que ir levantando las agendas ocultas y poner las cartas sobre la mesa.

Y empezar a hablar de derechos de los hablantes. De todos.

5 comments

  1. Todo lo que dices hace tiempo (años), que se viene diciendo. Pero nada se hace en serio salvo pequeñas entidades que llevan una lucha de David (las asociaciones) contra Goliat (generalitat + gobierno central). Y la suerte de David no se repetirá dos veces.

    ¿Qué estaríamos dispuestos a hacer en realidad?
    Pues de entrada, como mínimo, no admitir la perversa denominación de lengua propia como la lengua de un territorio. Las lenguas son de las personas. Y no tienen derechos ni obligaciones, ni tampoco dignidad, porque tampoco pueden ser indignas. Esa acepción implica la perversa conclusión de que las otras lenguas de un territorio son “impropias”, y los que las hablan, por extensión, ciudadanos impropios (en nuestro caso, catalanes de segunda). Así que de momento, vayamos al menos recuperando el lenguaje. No hay lenguas propias ni impropias. Hay lenguas de la gente. Y propias de cada cual, lo cual, por tanto, no puede tener ningún significado político.
    Respecto a lo de llamar Castellano al Español, en su tiempo podría haber sido una cortesía, pero ahora ya es una claudicación. Castellano es lo que se habla en Castilla, que por cierto suena distinto a lo que se habla en Andalucía, o en Aragón, por ejemplo (tienen su acento). Español es la lengua que se habla en multitud de naciones, con distintos acentos y localismos, pero que nos permite entendernos sin dificultad.

    Otra mentira que se enseña en los colegios es que “todas las lenguas son iguales”, pretendiendo así aplicar a las lenguas cualidades de los humanos. Las lenguas, evidentemente (y ahí les duele), son un instrumento de comunicación, y un vehículo de cultura (que no específicamente cultura), y tienen diferencias brutales en su valor comunicativo y cultural. Y son redundantes, comunicativamente hablando, cuando se dispone de una lengua más potente en ese ámbito, quedando sólo, para esa situación, la defensa de la cultura que se manifestó a través de ella (siendo ésta la principal razón para su conservación, eso sí, siempre voluntaria por los que así lo quieran, nunca por la fuerza).

    Hoy en día, lamentablemente, las lenguas se están utilizando como un arma política, lo cual las desnaturaliza totalmente, y puede ser letal para algunas de ellas, que es posible que no aguanten como agresoras, lo que si soportaron como víctimas, en los tiempos en que lo fueron, que hoy en día, en este país, no conozco ningún caso con la excepción de la lengua común, o sea el Español, acosada en muchos sitios por razones espurias de los que quieren vivir a cuenta de sentimientos artificialmente excitados.

    Pero al final queda la pregunta: ¿qué estamos dispuestos a hacer? Cuando los activos sean suficientes, ya no hará falta seguir hablando sobre el tema. ¿Lo hablamos para que otros lo arreglen? ¿O para qué?

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